Recuerdo el primer encuentro con Petit. Fue hace más de tres años. Yo solía parar en el Petit Coin antes de entrar al centro educativo de al lado, a por café. Esa mañana venía pensando en una actividad de poesía con mis alumnos de cuarto.
Estaba él detrás de la barra, cosa inusual.
—¿Qué eres maestro?
No sé si se me notaba en la cara o en la ropa o en las ojeras. Tenía una sonrisa que patinaba entre la burla y la invitación.
—Es una labor muy bonita —dijo, como si hubiera algo que cantara a lo lejos.
Le dije que sí, que estaba en el centro de al lado.
—Ah, el de las monjitas.
Hubo una pausa.
—Soy un mercenario de la educación —respondí.
Riéndose, empezó a ponerme el café desde el otro extremo de la barra.
—¿De qué edades?
—Ocho, nueve años. Están en esa fase entre pollitos sin cabeza y pequeños gorilas.
Se rió. Luego preguntó qué les daba. Le expliqué que de todo menos inglés —siendo yo inglés— y religión, porque a los que nos gusta la filosofía no nos dejan dar religión.
—Vaya por Dios. No sabía que había que estar cualificado —dijo.
Terminó de poner el café. Me despedí diciéndole que al menos tenía barra libre para inculcarles la semilla del mal. Algo de pensamiento crítico. Que fueran unos inconformes.
Me miró un momento.
—Eso es más importante. ¡Que vaya bien!
Al salir pensé que sería interesante hacer un taller de poesía allí. El Petit Coin no era solo un café de letras en nombre. Las baldas estaban cargadas de libros. Sonaba Wagner. Y junto a la puerta, una mujer de edad desayunaba con una copa de cava.
Empecé a maquinar.
Días después volví. Le conté que estaba pensando en un taller de poesía, los ecosistemas, versos sueltos de Christian Bobin. Que los críos vendrían vestidos de literatos e intelectuales a divagar sobre la contemplación y el cuidado del mundo. Que tendría el local lleno de alumnos y alguna madre.
Me escuchó apoyado en la barra.
—Qué bonita actividad, ¿les puedo poner una tacita de chocolate a tus peques? —dijo. Y por la forma en que lo dijo entendí que era un sí.
Y fue así.
El taller tuvo lugar semanas después en febrero. Mañana de lluvia, niños vestidos con bufandas y boinas, algunos con gafas y muchos con bigote de chocolate. Se recitaron versos en francés y en español. Petit nos leyó Los motivos del lobo, de Rubén Darío. Divagamos por un camino que nos llevó desde la vida de los insectos hasta las bolsas de basura que el viento deja atrapadas en las copas de los árboles. Todo esto delante de unos cuantos desconocidos que no entendían muy bien qué hacían allí aquellos niños. Las madres, desde luego, encantadas de ver a sus pequeños tomar un micrófono y hablar con soltura.
Hoy el Petit Coin ya es pasado. Pero permanece en la memoria de los que estuvimos allí aquella mañana de febrero, con la lluvia fuera y el chocolate dentro. Petit ha abierto un nuevo local. Se llama Olvido. No hay baldas a reventar de libros, pero en cada mesa deja una propuesta de lectura. Él sigue allí, promoviendo charlas y recitales, con esa sonrisa del que sabe o barrunta algo que no sabemos, esa sonrisa que patina entre la burla y la invitación.
Algunos lugares tienen una esencia que es, en cierta medida, una extensión de quien los regenta. Cuando entramos en ellos, entablamos una relación, intuyendo que algo puede llegar a ocurrir.
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